Alejandría desconcierta a quien llega desde el valle del Nilo. Aquí no hay templos faraónicos ni desierto: hay una corniche de veinte kilómetros frente al Mediterráneo, edificios europeos descascarillados, cafés griegos y un olor a mar que no se parece en nada al resto de Egipto. Fue capital del país durante mil años y la ciudad más culta del mundo antiguo.
De aquella Alejandría queda poco en pie, y esa es la clave para visitarla bien: no se viene a ver monumentos intactos, se viene a ver una ciudad con capas.

Un poco de contexto
La fundó Alejandro Magno en el 331 a.C. y se convirtió en capital del Egipto ptolemaico durante tres siglos, hasta Cleopatra. Tuvo la mayor biblioteca de la Antigüedad, el faro que figuraba entre las siete maravillas y una comunidad griega, judía y egipcia que la hizo la ciudad más cosmopolita del Mediterráneo.
Casi todo eso desapareció: terremotos, incendios, subsidencia del terreno y quince siglos de reconstrucciones encima. Buena parte de la Alejandría antigua está literalmente bajo el agua del puerto oriental o bajo la ciudad moderna.
Lo imprescindible
Las catacumbas de Kom el-Shoqafa
Lo mejor de Alejandría, y lo que más sorprende. Se descubrieron por accidente en 1900, cuando un burro cayó por un agujero. Son tres niveles de tumbas excavados en la roca en el siglo II, a los que se baja por una escalera de caracol alrededor de un pozo central: por él se descolgaban los cuerpos con cuerdas.
Lo excepcional es la decoración. Aquí se mezclan, en la misma pared, dioses egipcios con vestimenta romana, serpientes con caduceo griego y Anubis con coraza de legionario. Es la mejor expresión que existe de lo que pasó cuando tres culturas convivieron trescientos años en la misma ciudad. Fue considerada una de las siete maravillas del mundo medieval.
La ciudadela de Qaitbay
La fortaleza blanca que asoma al final del puerto, construida en 1477 por el sultán mameluco Qaitbay. Y está exactamente donde estuvo el faro, porque se levantó con sus piedras: cuando los terremotos derribaron definitivamente el Pharos en el siglo XIV, sus bloques quedaron allí y se reutilizaron.
Dentro se recorren las salas y se sube a las almenas, con el Mediterráneo por un lado y la curva entera de la corniche por el otro. La luz de la tarde aquí es la mejor foto de Alejandría.
La Biblioteca Alejandrina
Inaugurada en 2002 y con un diseño que merece la visita aunque no entres a leer: un disco gigantesco inclinado hacia el mar, como un sol saliendo del Mediterráneo, con el muro exterior de granito grabado con caracteres de más de un centenar de sistemas de escritura.
La sala de lectura, escalonada en once niveles bajo una cubierta acristalada, es uno de los espacios más impresionantes construidos en Egipto en el último siglo. Dentro hay además varios museos pequeños y salas de exposición.
La columna de Pompeyo
Veintisiete metros de granito rojo de Asuán, en una sola pieza, sobre un montículo de escombros. El nombre es un error de los cruzados: no tiene nada que ver con Pompeyo. Se erigió en el año 297 en honor del emperador Diocleciano.

Lo interesante no es la columna, sino dónde está: sobre las ruinas del Serapeum, el gran templo de Serapis que albergó la biblioteca «hija» de la principal y que fue destruido por una turba cristiana en el año 391. Alrededor quedan galerías subterráneas y dos esfinges.
El teatro romano de Kom el-Dikka
No es un barrio, sino un yacimiento en pleno centro, descubierto en los años sesenta mientras se excavaban unos cimientos. Tiene el único anfiteatro romano conservado de Egipto, con trece gradas de mármol en semicírculo, y a su lado unas termas, un aulario y la llamada Villa de los Pájaros, con mosaicos de suelo espléndidos.
Los museos
El Museo Nacional de Alejandría ocupa un palacete italiano restaurado y ordena la historia de la ciudad en tres plantas: faraónica abajo, grecorromana en medio, copta e islámica arriba. Está muy bien montado y se ve en una hora larga.
El Museo Grecorromano guarda la mayor colección de arte de esa época en Egipto. Y para quien conozca la poesía de Constantino Cavafis, su casa museo, el piso donde vivió y escribió, se visita en veinte minutos y es una pequeña joya.
El mar
La corniche recorre toda la bahía y es donde se ve la vida de la ciudad: familias paseando al atardecer, pescadores, vendedores de maíz asado. En el extremo oeste está Anfushi, el barrio pesquero, con la mezquita de Abu al-Abbas al-Mursi, la más importante de Alejandría, y un puerto lleno de barcas de colores.
Al este, los jardines de Montaza, con palmeras, pinos y el palacio real de estilo turco-florentino asomando entre los árboles. Los jardines se visitan; el palacio, no.
Lo que hay debajo del agua
Este es el dato que más gusta a la gente. En el puerto oriental, a pocos metros de profundidad, están los restos del barrio real ptolemaico que se hundió con los terremotos: columnas, esfinges, estatuas y bloques del faro, identificados en excavaciones submarinas desde los años noventa. Se puede bucear entre ellos con centros locales, aunque la visibilidad es irregular y depende mucho del día.
Comer
Alejandría es la ciudad del pescado en Egipto, y el sistema es siempre el mismo: eliges la pieza cruda en el mostrador de hielo, la pesan y te preguntan si la quieres a la parrilla o frita. Llega con arroz sayadeya —cocinado con cebolla caramelizada y comino—, ensaladas y pan.
Prueba también los gambari a la plancha, el pulpo y el mújol. Y de postre, cualquiera de las pastelerías del centro, herencia directa de las comunidades griega e italiana que vivieron aquí: el gelato alejandrino tiene fama en todo Egipto.
Cómo llegar desde El Cairo
| Tren | Unas dos horas y media desde la estación de Ramsés. La opción más cómoda; hay servicios rápidos con asiento reservado |
| Coche con conductor | Unas tres horas por la autopista del desierto. Permite parar donde quieras |
| Autobús | Más barato y algo más lento; sale de varias terminales de El Cairo |
| Excursión organizada | De un día, con guía y traslados. Lo habitual si solo tienes una jornada |
Dentro de la ciudad, los taxis amarillos y Uber funcionan bien. Y queda todavía el tranvía histórico, lento y ruidoso, que recorre la ciudad de este a oeste: no es práctico, pero merece un trayecto por la experiencia.
Cuándo ir y cuánto tiempo
Primavera y otoño son lo mejor: temperaturas suaves y sin la humedad del verano. El invierno alejandrino es lluvioso y ventoso, con temporales que llegan a inundar la corniche, algo que sorprende a quien piensa en Egipto como un desierto permanente.
Con un día desde El Cairo da tiempo a las catacumbas, la columna, Qaitbay y la Biblioteca, comiendo pescado por el camino. Con dos días se añaden los museos, Kom el-Dikka, Anfushi y Montaza sin prisas, que es como hay que ver esta ciudad.
Una excursión más
A poco más de cien kilómetros al oeste está El Alamein, donde se libró en 1942 la batalla que cambió el curso de la guerra en el norte de África. Hay cementerios militares británico, alemán e italiano y un museo. Es una salida de medio día desde Alejandría y una parada muy distinta a todo lo demás que se ve en Egipto.
Merece el desvío
Alejandría no compite con Luxor ni con Guiza, y no debería intentarlo. Lo que ofrece es otra cosa: una ciudad mediterránea con dos mil trescientos años encima, donde se come el mejor pescado del país y donde se entiende que Egipto no fue solo faraones.
Puedes verla en excursión de un día desde El Cairo dentro de nuestras actividades en Egipto, o incluida en los paquetes de viaje a Egipto más largos.

