Es la escultura monumental más antigua que se conserva y una de las pocas cosas del mundo que casi nadie ve por primera vez: la Esfinge lleva tanto tiempo en el imaginario colectivo que llegar hasta ella tiene algo de reencuentro. Lo que sí sorprende es el tamaño —setenta y tres metros, la longitud de una manzana— y el estado del cuerpo, mucho más erosionado de lo que sugieren las fotos.
Esto es lo que se sabe de ella, lo que se discute y lo que conviene saber para verla bien.

Los datos
| Longitud | 73 metros |
| Altura | 20 metros |
| Anchura máxima | 19 metros |
| Material | Un único afloramiento de caliza, tallado in situ |
| Fecha | IV dinastía, hacia 2500 a.C. |
| Atribuida a | Kefrén |
| Nombre egipcio | Hor-em-ajet, «Horus en el horizonte» |
| Nombre árabe | Abu al-Hol, «el padre del terror» |
No se construyó: se excavó. Los canteros de Guiza se toparon con un promontorio de roca que no servía para extraer bloques y, en lugar de rodearlo, lo rodearon de una zanja y tallaron el saliente que quedaba en medio. La piedra sobrante fue a parar al templo que hay justo delante.
Quién es
La atribución a Kefrén se apoya en tres cosas: la Esfinge está integrada en su complejo funerario y alineada con su pirámide; la calzada procesional del rey pasa junto a ella; y el rostro guarda parecido con las estatuas seguras de Kefrén, en particular con la de diorita del Museo Egipcio.
Hay egiptólogos que prefieren atribuirla a su padre Keops o a su hermano Dyedefre, y es una discusión legítima dentro de la IV dinastía. Lo que ningún dato apoya es sacarla de esa dinastía.
Lo que representaba es más interesante que quién la encargó. Un león con rostro de rey es la imagen del faraón como fuerza protectora, y su nombre egipcio la vincula al sol naciente: mira exactamente al este, y en el equinoccio el sol se pone, visto desde su cabeza, justo entre las pirámides de Keops y Kefrén.
Cómo era en realidad
Nada que ver con la piedra desnuda de hoy. La Esfinge estuvo pintada: quedan restos de pigmento rojo en la mejilla y en la oreja, y trazas de azul y amarillo en el tocado. Un león rojo intenso de veinte metros con el nemes a rayas azules y doradas es una imagen bastante distinta de la actual.
Llevaba además dos elementos que ha perdido. En la frente tenía una cobra, el uraeus, símbolo real, del que queda el arranque. Y tuvo una barba postiza ceremonial, aunque probablemente añadida siglos después de su talla: hay fragmentos en el Museo Británico y en El Cairo.
La nariz
Es la pregunta que hace todo el mundo, y la respuesta más repetida es falsa. Napoleón no tuvo nada que ver: existen dibujos de la Esfinge sin nariz anteriores a su campaña, entre ellos los del danés Frederic Norden, de mediados del siglo XVIII.
La explicación mejor documentada la da el historiador árabe al-Maqrizi, que cuenta cómo en 1378 un devoto sufí llamado Muhammad Saim al-Dahr la destruyó a cincelazos, indignado porque los campesinos de la zona le hacían ofrendas para pedir buenas cosechas. Según el relato, la gente lo linchó por ello. Las marcas de cincel que se aprecian en el hueco de la nariz encajan con esa versión.
Enterrada casi toda su historia
Este es el dato que más cambia la percepción del monumento: la Esfinge ha pasado la mayor parte de sus cuatro mil quinientos años cubierta de arena hasta el cuello. El desierto la sepulta cada pocas décadas si nadie la despeja.
Y de ahí sale su mejor historia. Hacia el 1400 a.C., un príncipe salió de caza por la meseta y se durmió a la sombra de la cabeza, lo único que asomaba. Soñó que la Esfinge le hablaba: le pedía que la liberara de la arena y le prometía a cambio la corona de Egipto. El príncipe la despejó, llegó a ser el faraón Tutmosis IV y mandó grabar el episodio en una estela de granito que colocó entre las patas del monumento. La Estela del Sueño sigue ahí, y se ve desde el mirador.
El cuerpo entero no volvió a quedar a la vista de forma permanente hasta las excavaciones de Émile Baraize, entre 1925 y 1936. Paradójicamente, esa arena que la ocultaba es la razón de que se conserve algo: protegió la piedra durante milenios.

Por qué el cuerpo está peor que la cabeza
Salta a la vista y tiene una explicación geológica sencilla. El afloramiento en el que está tallada no es homogéneo: son capas de caliza de dureza muy distinta, depositadas en un fondo marino hace unos cincuenta millones de años.
La cabeza está tallada en una capa superior, dura y compacta, y por eso conserva los rasgos. El cuerpo, en cambio, corresponde a capas intermedias mucho más blandas y estratificadas, que el viento, la sal y la humedad han ido excavando hasta dejar ese aspecto de hojaldre erosionado. Las patas y la base están en una capa de nuevo más resistente.
La erosión no es uniforme porque la roca no lo es. Ese es todo el misterio.
Sobre las teorías de los diez mil años
Conviene abordarlo, porque circula mucho. En los años noventa se propuso que los surcos verticales del cuerpo eran producto de la lluvia intensa y que, por tanto, la Esfinge tendría que haberse tallado antes del 7000 a.C., en un Sáhara todavía húmedo. De ahí saltó, en la divulgación más imaginativa, a civilizaciones perdidas y a la Atlántida.
La egiptología y la mayoría de los geólogos que han estudiado el afloramiento rechazan la hipótesis, y por razones concretas. El patrón de erosión se explica por la alternancia de capas duras y blandas y por la cristalización de sales, sin necesidad de lluvia. La Esfinge está físicamente integrada en el complejo de Kefrén, y su templo está construido con los bloques extraídos de su propia zanja. Y una civilización capaz de tallarla siete mil años antes no habría dejado absolutamente ningún otro rastro: ni una herramienta, ni un enterramiento, ni una cerámica.
Es una historia atractiva y no hay nada que la sostenga.
¿Y las cámaras secretas?
Se han hecho prospecciones sísmicas y con radar desde los años setenta y se conocen varias cavidades y pozos bajo el monumento y a su alrededor. Ninguno ha resultado ser una cámara con contenido; la mayoría parecen fisuras naturales o excavaciones de buscadores de tesoros. La más citada es un pozo vertical junto a la grupa, explorado y vacío.
Quiénes la han excavado
| 1817 | Giovanni Battista Caviglia despeja el pecho y las patas y encuentra fragmentos de la barba |
| 1837 | Howard Vyse perfora la cabeza con una barrena buscando cámaras interiores, sin resultado |
| Siglo XIX | Mariette y Maspero retiran la arena de nuevo en varias campañas |
| 1925-1936 | Émile Baraize deja el cuerpo completamente a la vista por primera vez en siglos |
| Desde 1979 | Campañas continuas de consolidación de las autoridades egipcias |
Las restauraciones antiguas también han dejado huella: parte del revestimiento de bloques que hoy cubre las patas es moderno, y en los años ochenta hubo que retirar una intervención mal planteada que estaba dañando la piedra original.
Cómo visitarla
Está incluida en la entrada general a la meseta de Guiza, a unos veinte kilómetros del centro de El Cairo. No se puede acceder al recinto de las patas salvo con un permiso especial, así que se ve desde la terraza situada frente al monumento, junto al templo del valle de Kefrén.
- Ve temprano. La Esfinge mira al este, de modo que a primera hora la tiene de frente y el rostro se ve iluminado. Por la tarde queda a contraluz y las fotos salen mal.
- Empieza por aquí y sube después. Casi todos los circuitos hacen lo contrario y llegan a la Esfinge con el sol ya alto.
- No te pierdas el templo del valle, justo al lado: bloques de granito de decenas de toneladas encajados con una precisión que impresiona más de cerca que las propias pirámides.
- La Estela del Sueño se distingue desde el mirador, entre las patas delanteras.
- El espectáculo de luz y sonido se ve desde una grada frente a ella, ya de noche. Comprueba el idioma de la sesión antes de ir.
- Cuidado con la foto del beso. La perspectiva funciona, pero es donde más insisten los vendedores y los «fotógrafos» espontáneos.
Merece mirarla un rato
La Esfinge no impresiona por lo que hace, sino por lo que ha aguantado. Cuatro mil quinientos años, decenas de generaciones de arena, un sufí con un cincel, un explorador con una barrena y varios millones de visitantes. Sigue mirando al este, esperando el amanecer, exactamente donde la dejaron.
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