Es el museo egipcio que más gusta a la gente que ya ha visto el de El Cairo, y por el motivo contrario al que cabría esperar: porque tiene pocas piezas.
En lugar de amontonar miles de objetos, aquí se eligieron unos cientos, se colocaron con espacio alrededor, se iluminaron una a una sobre fondo oscuro y se explicaron bien. El resultado es que se sale habiendo mirado de verdad las cosas, en vez de haber pasado por delante de ellas.

Los datos
| Inauguración | 1975 |
| Arquitecto | Mahmud el-Hakim |
| Dónde | En la corniche, entre los templos de Luxor y de Karnak |
| Colección | Selecta y reducida, sobre todo del Imperio Nuevo, procedente de la región tebana |
| Ampliaciones | 1991, para la cachette de Luxor; 2004, con la sala de la Gloria de Tebas |
| Horario | Abre por la mañana y vuelve a abrir por la tarde-noche; confírmalo el mismo día |
La cachette de Luxor
Es lo mejor del museo y tiene una historia extraordinaria.
En 1989, durante unas obras de consolidación en el patio de Amenhotep III del templo de Luxor, los operarios dieron con un depósito enterrado bajo el pavimento: veintiséis estatuas colocadas ordenadamente en un hoyo, en un estado de conservación casi perfecto.
No habían sido escondidas por miedo a los ladrones. Era el procedimiento habitual para retirar del culto las estatuas antiguas cuando el templo se quedaba sin sitio: no podían destruirse, porque eran sagradas, así que se enterraban dentro del recinto. Llevaban allí desde época romana.
Se exhiben en una sala propia, sobre fondo negro y con luz dirigida. La pieza central es una estatua de cuarcita roja de Amenhotep III, de una calidad de talla que impresiona incluso a quien no sabe nada de escultura egipcia, y a su lado una Hathor de calcita y una serie de reyes y dioses de granito y diorita.
Las momias reales
En una sala aparte, con poca luz, hay dos momias sin vendaje, expuestas en vitrina.
Una es la de Ahmose I, el faraón que expulsó a los hicsos y fundó el Imperio Nuevo. La otra se atribuye a Ramsés I, y su recorrido moderno es de novela.
Salió de Egipto a mediados del siglo XIX vendida por una familia de Qurna, pasó por varias manos y acabó expuesta en un pequeño museo de curiosidades en Niagara Falls, en Canadá, entre objetos de feria. Allí estuvo más de un siglo. Cuando el museo cerró en 1999, la colección se vendió, un investigador reparó en que aquella momia tenía la postura y el tratamiento de un enterramiento real, y los análisis apuntaron a la familia de Ramsés II. Egipto la reclamó y en 2003 volvió a casa, a este museo.

El muro de Ajenatón
En la planta alta, ocupando una pared entera, hay una reconstrucción hecha con talatat: los bloques pequeños y ligeros, de un tamaño manejable por un solo hombre, con los que Ajenatón construyó a toda prisa su templo a Atón en Karnak.
Cuando se restauró el culto tradicional, aquel templo se desmontó y sus bloques se reutilizaron como relleno dentro de otros pilonos. Al vaciarlos siglos después aparecieron por decenas de miles, con los relieves intactos porque habían quedado hacia dentro.
Aquí se han recompuesto varios centenares en un muro, y lo que se ve es el arte de Amarna en su forma más pura: figuras alargadas, gestos naturales, Ajenatón y Nefertiti bajo los rayos del disco solar terminados en manos. No se parece a nada del resto del arte egipcio, y verlo después de un día de templos convencionales es una sacudida.
Otras piezas que buscar
- La estatua de esquisto de Tutmosis III, de pie, considerada una de las esculturas más perfectas del Egipto antiguo.
- La cabeza colosal de Amenhotep III en granito, tocada con la corona blanca del Alto Egipto.
- El Amón con el rostro de Tutankamón, en caliza: el dios tiene los rasgos del rey niño.
- Objetos de la tumba de Tutankamón que no se llevaron a El Cairo, entre ellos un carro y equipo de caza.
- La sala de la Gloria de Tebas, en la ampliación de 2004, con armamento del Imperio Nuevo: arcos, carcajes, hachas y escudos.
- El sarcófago y el ajuar de personajes de la corte tebana, y una sección de arte copto en la planta alta.
Cómo visitarlo
- Ve por la noche. El museo abre en dos turnos y el de la tarde-noche es el mejor: la iluminación de las salas está pensada para eso y hay muchísima menos gente.
- Está en la corniche, a diez o quince minutos andando desde los hoteles del centro y desde el templo de Luxor.
- Calcula hora y media. Es abarcable de una vez, y esa es su virtud.
- Encaja bien al final del día, después de una mañana en el Valle de los Reyes o en Karnak, cuando ya no apetece caminar bajo el sol.
- Los carteles están en árabe e inglés y son buenos, cosa poco habitual en Egipto.
- El Museo de la Momificación, unos metros más allá en la misma corniche, es pequeño, muy específico y complementa bien la visita: explica el proceso con instrumental, vasos canopos y animales momificados.
- Las tarifas se revisan con frecuencia. Consúltalas poco antes de viajar.
Por qué merece la pena
Porque después de recorrer templos enormes durante días, aquí se ve de cerca lo que había dentro de ellos: las estatuas de culto, con su acabado, su pulido y sus inscripciones, a un metro de los ojos y bien iluminadas.
Y porque es el reverso del museo egipcio típico. No hay saturación ni vitrinas polvorientas con etiquetas escritas a máquina: hay pocas cosas, muy buenas, explicadas. Mucha gente sale diciendo que ha sido lo que más le ha gustado de Luxor, y no le falta razón.
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