Turistas explorando el Valle de los Reyes en Luxor, Egipto.

Descubre el Valle de los Reyes en Egipto

Es un barranco seco, sin una sola planta, encajado entre paredes de caliza en la orilla oeste de Luxor. No hay nada que ver desde fuera: solo puertas rectangulares abiertas en la roca y un calor que rebota en las paredes. Todo está debajo.

Durante quinientos años, los faraones del Imperio Nuevo se hicieron enterrar aquí, en tumbas excavadas hacia abajo y decoradas del suelo al techo con los textos que debían guiarlos por el más allá. Se conocen sesenta y cinco, y siguen apareciendo.

Uno de los pasadizos del Valle de los Reyes, en Luxor

Por qué aquí

Durante mil años los reyes se habían enterrado en pirámides, y todas sin excepción habían sido saqueadas. La pirámide señalaba el sitio: era, literalmente, un cartel de veinte pisos indicando dónde estaba el oro.

Tutmosis I, a comienzos del siglo XVI a.C., cambió de estrategia. Separó el lugar del enterramiento del lugar del culto —el templo funerario quedaría abajo, en la llanura, a la vista— y escondió la tumba en un valle desierto detrás de la montaña. Su arquitecto, Ineni, dejó escrito en su propia tumba una frase que lo resume todo: «supervisé la excavación de la tumba de Su Majestad, yo solo, sin que nadie viera, sin que nadie oyera».

Ayudaba además la geografía. Sobre el valle se levanta una montaña de forma piramidal natural, la Qurn, que hacía las veces de pirámide sin necesidad de construirla.

No funcionó. Todas las tumbas fueron saqueadas menos una.

Cómo son las tumbas

El esquema general se repite: un corredor descendente, uno o varios pozos —pensados para frenar a los ladrones y para recoger el agua de las escorrentías—, antecámaras y, al fondo, la cámara funeraria con el sarcófago de piedra.

Lo que las hace únicas es la decoración. Los muros no llevan escenas de la vida cotidiana como las tumbas de los nobles: llevan textos funerarios completos, ilustrados. El Libro del Amduat, el Libro de las Puertas, la Letanía de Ra, el Libro de las Cavernas. Son manuales de instrucciones para atravesar las doce horas de la noche junto al sol y renacer con él al amanecer.

Y conservan el color. Ese es el efecto que nadie espera: cuatro mil años y los azules, los ocres y los amarillos siguen ahí, porque la oscuridad, la sequedad y la roca los han protegido.

Las tumbas que merece la pena ver

KV62, Tutankamón

La famosa, y paradójicamente una de las más modestas: cuatro habitaciones pequeñas de un faraón que murió con dieciocho años y al que hubo que enterrar deprisa. Su importancia no está en la arquitectura sino en que apareció esencialmente intacta, en 1922, con más de cinco mil objetos dentro.

Se salvó por casualidad: los escombros de la construcción de la tumba de Ramsés VI, siglos después, la sepultaron y la ocultaron. Todo el ajuar está hoy en el Gran Museo Egipcio; aquí queda el sarcófago exterior, las paredes pintadas de la cámara funeraria y la momia del propio Tutankamón, en una vitrina climatizada.

KV17, Seti I

La más larga y la más bella del valle: ciento treinta y siete metros de corredores decorados con un relieve de una finura que no se repite en ninguna otra. La descubrió Belzoni en 1817. Tiene billete aparte y es cara, y aun así es la que más gente recomienda si hay que elegir una.

KV9, Ramsés V y VI

Enorme, ancha y con el techo de la cámara funeraria pintado con el Libro del Día y el Libro de la Noche: la diosa Nut arqueada sobre toda la bóveda, tragándose el sol por la noche y pariéndolo por la mañana. Es de las más impresionantes y suele estar abierta.

KV34, Tutmosis III

Escondida en lo alto de una grieta, a la que se sube por una escalera metálica. Su cámara funeraria es ovalada y está decorada como si fuera un rollo de papiro desplegado, con figuras esquemáticas trazadas a línea, muy distintas del resto del valle.

KV5, la que no se puede visitar

Merece mencionarse aunque esté cerrada. Se creía un agujero sin interés hasta que en 1995 el arqueólogo Kent Weeks la reexcavó y encontró que seguía y seguía: más de ciento treinta cámaras identificadas hasta ahora, y no se ha llegado al final. Es la tumba más grande jamás hallada en Egipto y en ella se enterró a varios de los muchísimos hijos de Ramsés II.

Interior de una tumba del Valle de los Reyes

Los saqueos y el escondite

Al final del Imperio Nuevo, con el poder central debilitado, el saqueo de tumbas se volvió sistemático. Se conservan actas judiciales de la época con los interrogatorios a los ladrones, sus confesiones y los nombres de los funcionarios implicados: uno de los expedientes criminales más antiguos que existen.

Los sacerdotes de Amón tomaron entonces una decisión práctica: sacar a los reyes de sus tumbas, retirar lo que quedara de valor y esconder las momias todas juntas. Se hicieron dos escondites, y ambos aparecieron en el siglo XIX. Uno en un pozo de Deir el-Bahari, en 1881, con más de cincuenta momias reales entre ellas las de Seti I, Ramsés II y Tutmosis III. El otro en la propia tumba de Amenhotep II, en 1898.

Gracias a eso se conservan los cuerpos de los grandes faraones. Hoy están expuestos en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia, en El Cairo, adonde se trasladaron en 2021.

Quiénes las excavaron

No fueron esclavos ni prisioneros, sino un cuerpo de artesanos especializados que vivía con sus familias en un poblado propio, Deir el-Medina, al otro lado de la colina. Sabían leer y escribir, cobraban en grano, tenían días libres y dejaron miles de notas sobre trozos de cerámica.

Por ellas conocemos su vida con un detalle asombroso, incluidas las ausencias justificadas —«picado por un escorpión», «haciendo cerveza», «su madre estaba enferma»— y la primera huelga documentada de la historia, cuando en tiempos de Ramsés III las raciones dejaron de llegar.

Cómo visitarlo

  • La entrada general incluye tres tumbas, a elegir entre las que estén abiertas ese día. Las de Tutankamón, Seti I y Ramsés V/VI tienen billete aparte.
  • Las tumbas se rotan. Se cierran y se abren periódicamente para repartir el desgaste que provoca la humedad de la respiración. Pregunta en la taquilla qué hay abierto antes de decidir.
  • Ve al abrir. Es lo más importante: dentro de las tumbas hace mucho calor y a media mañana se forman colas en los corredores estrechos.
  • Hace falta permiso para fotografiar dentro, y se compra aparte en la taquilla.
  • Hay un trenecito desde el centro de visitantes hasta la entrada del valle, para no hacer a pie el último tramo sin sombra.
  • Calcula dos horas para tres tumbas con calma.
  • Las tarifas se revisan con frecuencia. Consúltalas poco antes de viajar en lugar de fiarte de listas antiguas.
  • Si tienes claustrofobia, ten en cuenta que algunos corredores son largos, estrechos y con poca ventilación.

Con qué combinarlo

Está a diez minutos del templo de Hatshepsut —de hecho, los separa solo la montaña— y de los Colosos de Memnón. Es el circuito clásico de la orilla oeste de una mañana, que puedes ver completo en qué ver en Luxor.

Si te sobra tiempo, añade Medinet Habu y Deir el-Medina: casi nadie va y son extraordinarios.

Por qué impresiona

Porque desde fuera no hay nada. Se camina por un barranco de piedra caliza sin un solo elemento monumental, se baja veinte metros por un corredor, y de repente estás rodeado de pintura egipcia original, con su color, a la temperatura y en la oscuridad para las que fue hecha.

Y porque todo esto se excavó para que nadie lo viera nunca.

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