Se sale de Asuán a las cuatro de la mañana, se conducen tres horas por una carretera recta entre dunas sin ver absolutamente nada, y al final del camino aparecen cuatro figuras sentadas de veinte metros talladas en un acantilado. Poca gente olvida ese momento.
Abu Simbel está casi en la frontera con Sudán, es el monumento más alejado de Egipto y el que más esfuerzo cuesta visitar. También es, para muchos, el más impresionante.

Por qué está aquí
Ramsés II lo mandó excavar en el siglo XIII a.C., en pleno territorio nubio y a más de mil kilómetros de su capital. La elección no fue casual: Nubia era la fuente del oro egipcio, había sido conquistada a la fuerza y necesitaba recordatorios permanentes de quién mandaba.
Un templo excavado en la roca, con cuatro colosos del faraón mirando al río por el que llegaba todo el mundo, cumplía esa función mejor que cualquier guarnición. Y de paso equiparaba a Ramsés con los dioses: en el santuario, su estatua se sienta entre ellos como uno más.
| Construcción | Unos veinte años, terminado hacia 1244 a.C. |
| Promotor | Ramsés II |
| Dedicado a | Amón, Ra-Horajti, Ptah y el propio Ramsés divinizado |
| Fachada | 33 metros de alto por 38 de ancho |
| Colosos | Cuatro, de unos 20 metros |
| Dónde | Orilla oeste del lago Nasser, a unos 280 km de Asuán |
El Gran Templo
La fachada
Cuatro colosos sentados de Ramsés II, con la doble corona, tallados directamente en el acantilado. Entre sus piernas y a sus costados hay figuras mucho más pequeñas: su madre Tuya, su esposa Nefertari y varios de sus hijos, que apenas le llegan a la rodilla.
El segundo coloso está partido: perdió la cabeza y el torso en un terremoto pocos años después de terminarse el templo. Los fragmentos siguen a sus pies, y durante el traslado de los años sesenta se decidió deliberadamente dejarlos tal cual estaban.
Sobre la entrada corre un friso de veintidós babuinos con las manos levantadas: son los animales que, según los egipcios, saludaban al sol al amanecer.
El interior
Se entra por una sala con ocho pilares osiríacos —Ramsés con los brazos cruzados y los atributos de Osiris— y las paredes cubiertas de relieves de sus campañas militares, sobre todo de la batalla de Qadesh contra los hititas, contada como una victoria personal del faraón.
Después vienen dos salas más pequeñas y, al fondo, a unos sesenta metros de la puerta, el santuario: cuatro estatuas sentadas talladas en la roca viva. De izquierda a derecha, Ptah, Amón, Ramsés divinizado y Ra-Horajti.

El milagro del sol
Dos veces al año, el sol naciente entra por la puerta, recorre los sesenta metros del eje y llega hasta el fondo, iluminando tres de las cuatro estatuas del santuario.
Ptah queda siempre en penumbra. Y eso no es una casualidad: Ptah era una divinidad ctónica, asociada al mundo subterráneo y a la oscuridad, y estaba pensado para que la luz no lo alcanzase. El nivel de cálculo que exige tallar un corredor de sesenta metros en la roca con esa precisión es difícil de exagerar.
Hoy el fenómeno se celebra el 22 de febrero y el 22 de octubre, con festival, música y varios miles de personas amontonadas en la puerta desde antes del amanecer. Suele decirse que antes del traslado ocurría un día antes, y que el desplazamiento del templo corrió la fecha.
El Templo Menor
A cien metros al norte, dedicado a la diosa Hathor y a Nefertari, la esposa principal de Ramsés. Su fachada tiene seis colosos de pie de unos diez metros: cuatro del faraón y dos de la reina.
Lo excepcional es que están todos a la misma altura. En la convención egipcia, la esposa real se representa siempre a escala mucho menor, llegándole al marido por la rodilla o por la cintura; aquí, Nefertari mide exactamente lo mismo que él. Es una declaración sin precedentes, y encaja con la inscripción de la fachada, en la que Ramsés dice haber construido el templo «para aquella por quien brilla el sol».
Dentro, una sala con seis pilares rematados por capiteles hathóricos y, al fondo, la imagen de Hathor como vaca saliendo de la roca.
Enterrado y redescubierto
El desierto acabó cubriendo la fachada hasta casi el nivel de las rodillas de los colosos, y el templo se olvidó durante siglos. De cuánta arena había en cada momento hay un testigo excepcional: en las piernas del coloso sur están grabadas inscripciones en griego dejadas por mercenarios al servicio del faraón Psamético II, en el siglo VI a.C. Están a la altura a la que llegaba entonces la arena.
En 1813, el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt vio asomar las cabezas desde el río y dio noticia del hallazgo. Cuatro años después, Giovanni Belzoni consiguió despejar la entrada y entrar en el templo.
El traslado
Cuando se proyectó la Presa Alta quedó claro que el embalse cubriría los dos templos por completo y para siempre. La Unesco lanzó en 1960 un llamamiento internacional que movilizó a cincuenta países, y Abu Simbel fue la operación central de aquella campaña.
Entre 1964 y 1968 se hizo lo siguiente. Se levantó una ataguía para contener el agua, se rellenó de arena el interior de los templos para protegerlos, se serró la roca en más de mil bloques de hasta treinta toneladas y se numeró cada uno. Después se transportaron y se volvieron a montar sesenta y cinco metros más arriba y doscientos metros más atrás, en su misma disposición relativa y con la misma orientación.
Detrás se construyeron dos cúpulas de hormigón que sostienen una montaña artificial, para que el conjunto siguiera pareciendo excavado en un acantilado. Se puede entrar en el interior de esa estructura por una puerta lateral: el contraste entre la fachada faraónica y la bóveda de hormigón que hay detrás es una de las cosas más raras que se pueden ver en Egipto.
El coste rondó los cuarenta millones de dólares de la época. De aquella campaña nació además, en 1972, la Convención del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Cómo llegar
Aquí hay que ser claro con algo que se confunde a menudo: a Abu Simbel no se llega en crucero por el Nilo. Los cruceros navegan entre Luxor y Asuán, y Abu Simbel está al otro lado de la presa, sobre el lago Nasser. Hay tres opciones reales.
- Por carretera desde Asuán. Lo más habitual. Unos 280 kilómetros y tres horas largas por el desierto, con salida hacia las cuatro de la mañana para llegar al amanecer. Se vuelve el mismo día.
- En avión. Vuelos cortos desde Asuán, de unos cuarenta y cinco minutos. Mucho más cómodo y bastante más caro; el traslado del aeropuerto al templo está incluido.
- En crucero por el lago Nasser. Barcos que navegan varios días entre la presa y Abu Simbel parando en los templos nubios trasladados: Kalabsha, Wadi es-Sebua, Amada. Es una opción minoritaria y estupenda si dispones de tiempo.
Consejos
- Ve al amanecer. No solo por el calor: la fachada mira al este, así que a primera hora la tienes iluminada de frente. A mediodía queda a contraluz.
- Calcula dos horas en el recinto, más seis o siete de carretera si vas por tierra.
- Duerme allí si puedes. Pasar la noche en el pueblo permite entrar al abrir, sin el autobús de vuelta esperando, y ver el espectáculo nocturno de luz y sonido.
- No se fotografía dentro de los templos salvo con permiso; fuera, sin problema.
- Lleva algo de abrigo para la salida de madrugada: el desierto a las cuatro de la mañana está frío incluso en verano.
- Las tarifas se revisan a menudo, y el festival solar tiene entrada y aforo aparte, con reserva muy anticipada.
Merece los madrugones
Es el día más duro de cualquier viaje a Egipto: te levantas de madrugada, pasas seis horas en un vehículo y ves un monumento durante dos. Y casi nadie se arrepiente.
Porque no hay nada parecido: cuatro colosos de veinte metros en medio de la nada, un santuario diseñado para que el sol entre dos días concretos al año, y encima el detalle de que todo eso está donde está porque medio mundo se puso de acuerdo en levantarlo y ponerlo sesenta y cinco metros más arriba.
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