A pocos metros del bullicio de la calle Al-Azhar, detrás de una fachada de piedra que pasa desapercibida entre las tiendas, hay un patio del siglo XVI donde dos veces por semana unos hombres vestidos de colores giran sobre sí mismos durante cuarenta minutos sin detenerse. Ese sitio se llama Wekalet El Ghouri, y es uno de los rincones más singulares de El Cairo islámico.
Casi ningún visitante lo tiene en su lista. Los que llegan hasta él suelen hacerlo por el espectáculo de Tanoura, y descubren de paso que el edificio que lo acoge es en sí mismo una pieza excepcional: la caravanera mejor conservada de la ciudad, levantada por el penúltimo sultán mameluco de Egipto poco antes de que su mundo se viniera abajo.
Qué es una wekala
Una wekala —también jan o caravanera— era el hotel de negocios del mundo islámico medieval. Los comerciantes que llegaban a El Cairo con mercancía necesitaban un sitio donde descargar, guardar el género bajo llave, alojar a sus animales y dormir ellos mismos, y todo eso se resolvía en un mismo edificio.
La organización era siempre la misma. Alrededor de un patio cuadrado se abría una planta baja de almacenes y establos, con arcadas que permitían meter los fardos a cubierto. Encima, una o dos plantas de habitaciones para los mercaderes, con celosías de madera que dejaban ver el patio sin ser visto. Una única puerta, ancha y reforzada, que se cerraba al anochecer y convertía el conjunto en un recinto seguro.
El Cairo llegó a tener más de trescientas wekalas, porque era el nudo del comercio entre el Índico y el Mediterráneo: por aquí pasaban las especias, la seda, el café y el azúcar antes de seguir hacia Venecia y Génova. De todas ellas quedan hoy un puñado, y esta es la que mejor conserva su forma original.
El sultán que la construyó
Qansuh al-Ghuri llegó al trono en 1501, ya mayor, tras una carrera larga en la administración mameluca. Gobernó quince años, y esos quince años coinciden con el peor momento posible: los portugueses acababan de encontrar la ruta del cabo de Buena Esperanza y estaban desviando hacia el Atlántico el comercio de especias que había sostenido la economía egipcia durante siglos, mientras el Imperio otomano crecía al norte.
Al-Ghuri respondió como respondían los sultanes mamelucos: construyendo. Levantó en la calle Al-Muizz un complejo con mezquita-madrasa, mausoleo, sabil y kuttab, y muy cerca esta wekala, terminada hacia 1504 o 1505, pensada para reactivar el comercio y para generar rentas destinadas al mantenimiento de sus fundaciones piadosas.
El final tiene algo de simbólico. En 1516, con setenta y muchos años, salió a enfrentarse a los otomanos en Marj Dabiq, al norte de Alepo. Murió en la batalla y su cuerpo nunca apareció. El mausoleo monumental que se había hecho construir en El Cairo sigue vacío, y con él terminó, apenas unos meses después, el sultanato mameluco de Egipto.

El edificio por dentro
Lo primero que llama la atención al entrar es la altura. El patio es relativamente pequeño, unos veinte metros de lado, pero las cuatro plantas que lo rodean lo convierten en un pozo de luz y sombra que cambia por completo según la hora del día. A media tarde el sol entra en diagonal y va recorriendo las arcadas; de noche, con la iluminación del espectáculo, el efecto es completamente distinto.
Las arcadas de la planta baja son de arco apuntado, en piedra clara, con esa alternancia de hiladas de color —el ablaq— característica de la arquitectura mameluca. Encima, las plantas de vivienda conservan las mashrabiyas: paneles de celosía de madera torneada que filtran la luz, dejan pasar el aire y permitían a las mujeres de la casa asomarse sin ser vistas. Son piezas de una carpintería extraordinaria, montadas sin clavos, y aquí se conservan en cantidad.
Fíjate también en el suelo del patio y en el brocal del pozo, y en los dinteles labrados de las puertas de los almacenes. El edificio se restauró a fondo a finales del siglo XX y hoy funciona como centro cultural dependiente del Ministerio de Cultura, con talleres de artesanía tradicional instalados en las antiguas celdas de los comerciantes.
El espectáculo de Tanoura
El Tanoura es lo que ha hecho famoso al lugar. Toma su nombre de la falda —tannura— que llevan los bailarines: varias capas superpuestas de colores vivos que, al girar, se abren en círculos concéntricos. El bailarín rota sobre su propio eje durante veinte, treinta o cuarenta minutos seguidos, sin parar, mientras se va quitando las faldas una a una y las hace volar por encima de la cabeza.
El origen está en el sama, la ceremonia de los derviches mevleví que fundó en Konya el círculo de Rumi en el siglo XIII. El giro no era allí una danza sino una forma de oración: una manera de vaciar la mente y acercarse a lo divino repitiendo el movimiento de los astros. Lo que se ve en El Cairo es la versión egipcia y escénica de aquello, más colorista y acompañada de una orquesta de nay, laúd, cítara y percusión.

La compañía que actúa aquí es la troupe nacional de Tanoura, creada en los años ochenta para recuperar el repertorio de música y danza popular egipcia. El programa no se limita al giro: incluye números de percusión, canto y danzas folclóricas de distintas regiones del país, y dura algo más de una hora.
Es un espectáculo hipnótico y, sobre todo, honesto: no está pensado para turistas, no hay cena incluida ni fotos de recuerdo a la salida, y la mitad del público suele ser egipcio. Esa es precisamente su gracia.
Cómo visitarlo
Wekalet El Ghouri está en el callejón que sale de la calle Al-Azhar a la altura del paso elevado, en el barrio de Al-Fahhamin, a unos cinco minutos andando de la mezquita de Al-Azhar y del bazar de Jan el-Jalili. Cualquier taxi te dejará en Al-Azhar; el último tramo se hace a pie.
| Qué es | Caravanera mameluca de 1504-1505, hoy centro cultural |
| Dónde | Al-Fahhamin, junto a la calle Al-Azhar, El Cairo islámico |
| Espectáculo | Danza Tanoura, varias noches por semana, hacia las 19:30-20:00 |
| Entrada | Gratuita, sin reserva previa |
| Duración | Poco más de una hora |
| Aforo | Limitado; conviene llegar con antelación |
Los días y la hora de las funciones han cambiado varias veces a lo largo de los años y a veces se suspenden durante el Ramadán o por obras, así que confírmalo el mismo día antes de desplazarte. La entrada es gratuita, no se venden localidades y el patio se llena, de modo que conviene presentarse tres cuartos de hora antes si quieres sentarte en las primeras filas.
Se puede fotografiar y grabar sin problema. Ve con ropa cómoda y ten en cuenta que el patio es al aire libre: en invierno, después de la puesta de sol, refresca bastante más de lo que uno espera en Egipto.
Qué hay alrededor
La wekala está en pleno corazón del Cairo islámico, así que merece la pena llegar con tiempo y recorrer la zona antes del espectáculo. A pocos pasos está el resto del complejo de al-Ghuri, con la mezquita-madrasa a un lado de la calle Al-Muizz y el mausoleo al otro, unidos por un tramo que en su día estuvo cubierto.
Desde ahí arranca hacia el norte la calle Al-Muizz, la mayor concentración de arquitectura medieval islámica del mundo, peatonal e iluminada por la noche. Y al este queda Jan el-Jalili, con sus talleres de cobre, sus joyerías y el café El Fishawy, abierto desde 1797.
Si vas a dedicar un día entero a esta parte de la ciudad, nuestro artículo sobre qué ver en El Cairo te ayudará a ordenar el recorrido, y en nuestras actividades en Egipto encontrarás visitas guiadas en español por el Cairo islámico.
Merece la pena
Wekalet El Ghouri no aparece en la mayoría de los circuitos y eso, más que un inconveniente, es una ventaja. Te deja ver un edificio del siglo XVI en su función original —un patio, unas arcadas, unas celosías— sin cordones, sin colas y sin autobuses aparcados en la puerta.
Y luego está el giro. Cuarenta minutos mirando a alguien que da vueltas sobre sí mismo bajo una luz cálida, con el ritmo del nay de fondo y las paredes mamelucas alrededor, es de esas cosas que uno recuerda del viaje mucho después de haber olvidado cuánto medía la Gran Pirámide.

