Es la silueta que aparece en todas las fotos de El Cairo: dos minaretes finísimos como lápices y una cúpula gris coronando la colina de la Ciudadela. Y es también la mezquita más joven de todas las grandes de la ciudad, con menos de doscientos años, en un lugar donde hay edificios religiosos de hace más de un milenio.
Esa juventud es parte de lo que hay que entender para verla bien, porque la mezquita de Muhammad Ali no se construyó solo para rezar. Se construyó para decir algo.

Quién fue Muhammad Ali
Un militar albanés llegado a Egipto en 1801 con las tropas otomanas enviadas a expulsar a los franceses de Napoleón. Cuatro años después se había hecho con el poder, y lo mantuvo hasta 1848. Modernizó el ejército, montó fábricas, abrió escuelas, mandó estudiantes a Europa y llevó a Egipto a una autonomía casi total dentro del Imperio otomano. La dinastía que fundó gobernó el país hasta 1952.
Su ascenso tiene un episodio que conviene conocer antes de subir a la Ciudadela. En marzo de 1811 invitó a los mamelucos —la casta militar que había dominado Egipto durante siglos y que era su principal rival— a un banquete en la propia Ciudadela. Cuando la comitiva bajaba por el desfiladero de acceso, se cerraron las puertas y fueron abatidos. Con ellos desapareció el poder mameluco en Egipto.
Por qué es otomana y no mameluca
Aquí está la clave arquitectónica. El Cairo es la capital mundial de la arquitectura mameluca: cúpulas de piedra talladas, minaretes escalonados, fachadas de ablaq a rayas. Muhammad Ali no construyó nada de eso.
Encargó el proyecto a Yusuf Bushnaq, un arquitecto llegado de Estambul, y le pidió una mezquita imperial otomana: cúpula central sobre semicúpulas, planta cuadrada, patio porticado y dos minaretes cilíndricos rematados en punta, del tipo que solo podían levantar las fundaciones del sultán. El modelo declarado es la mezquita Nueva de Estambul.
Levantar eso, en aquel sitio, sobre los palacios mamelucos demolidos y a pocos metros del lugar de la matanza, era una declaración política sin ambigüedad. La ciudad la leyó perfectamente.
Cómo es
Las obras empezaron en 1830 y el edificio estaba terminado en 1848, aunque la decoración interior se remató años después, ya con sus sucesores. Muhammad Ali murió en 1849 y está enterrado dentro: su tumba de mármol de Carrara, con una reja labrada, está a la derecha nada más entrar.
| Construcción | 1830 – 1848 |
| Arquitecto | Yusuf Bushnaq, de Estambul |
| Estilo | Otomano imperial |
| Cúpula central | 21 metros de diámetro, 52 de altura |
| Minaretes | Dos, de unos 82 metros |
| Patio | Unos 54 por 53 metros |
| Dónde | Ciudadela de Saladino, colina de Muqattam |
La llaman la mezquita de Alabastro por el revestimiento que cubre los muros exteriores y la parte baja del patio, traído de las canteras de Beni Suef. Es una piedra translúcida y veteada que con el sol de la tarde toma un tono miel.

El interior
Es un espacio único, sin columnas que estorben: la cúpula central descansa sobre cuatro semicúpulas y cuatro cúpulas menores en las esquinas, de modo que toda la sala se abarca de un vistazo. Los muros están cubiertos de vidrieras que filtran una luz coloreada, y del techo cuelga un círculo enorme de lámparas de aceite convertidas en bombillas, a poca altura, que es lo que da a la sala su aspecto característico.
Fíjate en los dos mihrab. El original es el del muro sur; hay un segundo nicho añadido después. Y en el minbar, el púlpito de madera dorada, que es el mayor de Egipto.
El reloj que nunca funcionó
En el patio, sobre la fuente de las abluciones, hay una torre con un reloj de estilo francés. Fue un regalo del rey Luis Felipe de Francia a Muhammad Ali, correspondiendo al obelisco de Luxor que Egipto había cedido a París y que hoy está en la plaza de la Concordia.
La leyenda cairota, repetida por todos los guías, dice que el reloj llegó dañado y que jamás ha llegado a dar bien la hora. Un obelisco de tres mil años a cambio de un reloj roto: en El Cairo se cuenta con una sonrisa.
Las vistas
La terraza exterior, junto al muro sur, es el mejor mirador de la ciudad. Desde ahí se ve todo el Cairo islámico extendido a los pies, con la mezquita del sultán Hassan y Al-Rifai en primer plano y centenares de minaretes detrás. En los días de aire limpio, sobre todo en invierno y a primera hora, se distinguen las pirámides de Guiza en el horizonte.
Es el punto donde más gente se queda un rato largo, y con razón.
Qué más hay en la Ciudadela
La entrada da acceso a todo el recinto, así que merece la pena dedicarle la mañana entera.
- Mezquita de al-Nasir Muhammad. De principios del siglo XIV, mameluca y muy anterior. Es austera, con dos minaretes de cerámica vidriada de influencia persa, y ofrece exactamente el contraste que hace entender la elección de Muhammad Ali.
- Palacio Gawhara. Residencia de Muhammad Ali, de 1814, con salones de decoración europea, espejos y muebles de la época.
- Museos militares y de carruajes. Incluidos en la entrada, con la colección de coches de caballos de la familia real.
- Las murallas de Saladino, del siglo XII, con torres y adarves recorribles.
Cómo visitarla
- Descálzate antes de entrar en la sala de oración; hay estanterías en la puerta o bolsas de plástico.
- Ropa discreta. Hombros y rodillas cubiertos, y pañuelo en la cabeza para las mujeres. En la entrada suelen prestar túnicas.
- Evita el mediodía del viernes, cuando la mezquita está en uso para la oración principal.
- La mejor luz para el exterior es a media tarde, cuando el alabastro se enciende. Para las vistas, la primera hora de la mañana en invierno.
- Se puede fotografiar sin flash, con la precaución habitual de no apuntar a quien esté rezando.
- Calcula hora y media para la mezquita y el mirador, o media jornada para toda la Ciudadela.
El recinto forma parte del conjunto de El Cairo histórico inscrito por la Unesco en 1979, y en los años treinta se sometió a una reconstrucción a fondo porque la cúpula presentaba grietas serias.
Merece la subida
La mezquita de Muhammad Ali no es la más antigua de El Cairo, ni la más refinada, ni la más querida por los historiadores del arte, que suelen preferir a los mamelucos. Pero es la que mejor cuenta un momento concreto: el instante en que Egipto decidió dejar de mirar a su propio pasado y empezar a mirar a Estambul y a Europa.
Eso, más las vistas, justifica de sobra la visita. Está incluida en nuestras rutas por El Cairo islámico, con guía en español.

